Una crónica rabiosa en clave etnográfica del malestar en la educación bonaerense. Una cámara lenta salvaje de una muerte anunciada.
Era un grupo relativamente pequeño de alumnos de cuarto año del turno vespertino de un colegio público; dos o tres de ellos eran repitentes. Antes de que terminara la primera clase y fuera de contexto —ya que no habíamos hablado del tema drogas—, el cabecilla, si se permite la expresión, me preguntó sin inquietarse:
—Profe, ¿usted probó porro alguna vez?
La pregunta me agarró por sorpresa, pero no me puso nervioso. No la contesté, porque creí que no había dado lugar a ese tipo de confianza.
Durante ese año no me adherí a ningún paro docente. Pero ninguno de los alumnos de ese curso iba a clases esos días y yo lo pasaba en la biblioteca, con otros profesores que estaban en la misma situación y con el bibliotecario que era amistoso para la charla y para cebarnos mates.
Los días que Carmen asistía a clases al menos contagiaba a casi todo el grupo de mujeres con las actividades y se podían trabajar algunos contenidos. Hicimos un taller de radio con bastante continuidad y algunas entrevistas interesantes. Participaban tres mujeres adentro del estudio, yo operaba -como podía- los controles de la consola y al grupo de varones los tenía boyando atrás mío, en los sillones de la cabina de radio. Yéndose cada cinco minutos al patio con la excusa de salir al baño o de ir al quiosco. La preceptora me tiraba la bronca y tenía razón, pero yo estaba en un callejón sin salida: si los alumnos salían se mandaban algún desmán y si se quedaban dificultaban la clase porque molestaban a los que sí querían aprender.
Hablé con esa preceptora en privado más de una vez, era profesora de historia, pero no ejercía como docente desde hacía más de diez años:
—Gracias a Dios ya no doy más clases-me dijo- cambiaron mucho los chicos y se volvieron insoportables: antes de diez alumnos, dos no trabajaban, hoy la ecuación es exactamente al revés.
Ella tampoco me podía decir qué hacer con esa clase, «demasiado hacen con vos, con otros profesores directamente no hacen nada», me comentó una vez.
Cuando Carmen faltaba: las clases se caían como un piano y el desinterés era mayúsculo. Esos días: las mujeres se sumaban al grupo de no-tareas de los varones y era una huelga generalizada de brazos caídos.
Había uno que tenía el carácter de Larguirucho – el personaje animado de García Ferré-, a veces estaba con “los malos” y a veces con “los buenos”, pero me dijo que de lo que más estaba pendiente era de “zafar esa materia” y varias veces me preguntaba qué podía hacer para aprobarla porque hacer radio “no le gustaba”, así que le daba alguna otra tarea que generalmente traía resuelta para la clase siguiente.
Agustín, el jefe y dos más que siempre andaban con él se confesaron como admiradores de Milei y me dijeron que eran nazis. Creo que la charla surgió porque había unas esvásticas dibujadas con tiza en el pizarrón y me parece que duplicaron la apuesta mostrándome esos mismos dibujos en sus cuadernos del colegio. Les intenté explicar que Milei, en todo caso era anti-nazi o defensor de los judíos, pero no lo creyeron o no pareció importarles. Odiaban a los judíos, “EL” PROBLEMA para ellos eran los judíos.
En una oportunidad mi clase se demoró y como la profesora que venía a continuación mío enseñaba historia: aproveché para retomar con ella el tema del nazismo. La docente debe haber creído que se trataba de una broma o simplemente de una provocación de los adolescentes hacia mí como representante de figura de autoridad, porque no le dio demasiada trascendencia.
Un alumno me dijo que antes venían siempre fumados al colegio, pero que lo habían dejado de hacer porque no rendían bien en educación física y porque andaban muy distraídos. Ese mismo alardeaba de parar con la gente del Lobo cuando iba a La Plata a ver a unos primos y de entrar gratis a la cancha.
De los diez alumnos más o menos que tenía esa clase, dos o tres trabajaban por fuera del colegio y faltaban bastante seguido. La otra mitad se ausentaba proporcionalmente igual por más que no trabajara: nunca supe los motivos. Parecía que se rotaban para no asistir al colegio y los cuatro o cinco que estaban presentes en una clase habían faltado la clase anterior y viceversa.
El único que no estuvo ausente en ninguna clase fue Agustín. Sé que él era repitente (y más grande de edad que el resto de los chicos) y que, a pesar de trabajar por las mañanas con el padre, nunca faltó.
En una de las últimas clases que tuvimos, previo a que les informara que volvía el titular de la materia, se jactaban de haber echado a varios docentes de diferentes asignaturas. Nunca supe del todo si su plan originario era removerme del cargo y luego tuvieron clemencia a partir de los largos meses que compartimos juntos.

Yira-yira
Con timidez y vergüenza- por no saber manejar un puñado de jóvenes-, en algún momento de ese año le planteé a la directora las dificultades que traía enseñarle a esos alumnos. No recuerdo bien qué me dijo, pero no le pareció un tema demasiado relevante o que fuera anormal a la cotidianeidad de un aula.
Lo que sucedía en ese cuarto año del vespertino no era un problema del colegio en general, al menos a la mañana y con una cursada numerosa de más de treinta alumnos la experiencia mía era completamente diferente. Los chicos de la mañana, si bien solían abstraerse en sus celulares, colaboraban, prestaban atención y para cuando se acercaban las fechas de cerrar las notas: se preocupaban por entregar la mayoría de los trabajos prácticos.
A los alumnos del turno vespertino les daba clases dos veces por semana y uno de los días nos tocaba ir al aula de química por cuestiones de espacio del colegio. Ahí generalmente hacían sonar música en YouTube en sus celulares y jugaban a las cartas, sin importar si yo escribiera en el pizarrón, les diera tarea o pasara a corregirles a las chicas que si estaban interesadas en resolver las actividades.
La primera imagen que viene a mis entrañas es una avioneta sobrevolando por el cielo de mi mente con un enorme cartel que flamea en gigantes letras de molde la palabra indiferencia. Un profundo desinterés de los alumnos durante decenas de clases, directamente de espaldas al docente y al pizarrón, haciendo un círculo de sillas entre ellos mientras jugaban al UNO con los naipes.
Era una sensación de vacío existencial y de soledad profundos. No importaba la propuesta educativa “fascinante” para cambiar al mundo que yo les llevara, a ellos no les importaba y me lo hacían saber.
Me mostraban el costado duro del tango Yira-yira que reza:
«Cuando rajes los tamangos
Buscando ese mango
Que te haga morfar
La indiferencia del mundo
Que es sordo y es mudo
Recién sentirás»
Pero había apatía también de los preceptores que ya colgaron los guantes de la docencia y que-literalmente, como me han confesado- descontaban los días que les faltaban para jubilarse y salir del suplicio de la educación pública. Se resignaron porque los comieron los sueños de tiza, la trituradora de carne del sistema educativo o una sociedad que exige una mejor educación, pero que no se acerca a una sola reunión de padres o no conoce las caras de los que educan a sus hijos.
Directivos desbordados de actividades que son como los malabaristas chinos y están obligados a moverse con los palillos ágilmente sin cesar para que no se le caigan los platos. Lo que pasa en las clases, suele excederlos, por más entusiasmo que quieran ponerle.
El día del milagro
Había alumnos que para cuando llegó el balance de fin de año: habían entregado la mitad de las actividades, otros el cien porciento y algunos un veinticinco (o menos).
Durante los primeros meses ese mismo porcentaje se mantuvo en cuanto a las entregas, excepto para Agustín que no había entregado literalmente nada, ni siquiera abría su carpeta para copiar ni le interesaba leer una fotocopia o ver cualquier material audiovisual que llevara para ver en la notebook. Era el rey del desinterés y un experto en boicotear clases y arrastrar consigo a los que más pudiera.
Pero a veces ocurren los milagros.
Dictaba la asignatura Introducción a la Comunicación, donde se aprenden las nociones básicas de los elementos que componen las noticias: título, bajada, volanta, cuerpo y epígrafe -si la nota va con foto o video-.
Después de una o dos clases enseñando las estructuras que componen los artículos de información, sea en páginas web o en las tapas de los diarios noté que la mayoría de los chicos los identificaban bastante bien.
Les conté que muchas canciones populares surgieron de las noticias. Es decir: que de hechos reales se puede ir hacia creaciones artísticas. Hay miles de ejemplo, como Yo soy Juan de León Gieco -que habla de Juan Cabandié, nieto recuperado n° 77 por las Abuelas de Plaza de Mayo en 2003 y a decir verdad no sé cuáles utilicé en ese momento; porque ellos me nombraron artistas jóvenes como La Joaqui u Homer el Mero Mero que se habían valido de esos mismos recursos, haciendo canciones partiendo de historias verdaderas.
A veces también de hechos noticiosos surgen series o películas, como Pablo Escobar: El Patrón del Mal (2012), que recrea la vida del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria o la película Argentina,1985 (2022) que se basa en el Juicio a las Juntas militares de la última dictadura militar argentina.
Les propuse entonces que hiciéramos el proceso inverso: que de canciones o series que les gustaran vieran la forma de hacerlas noticias. Busqué algunos ejemplos a partir de series que hayamos visto la mayoría y entendieron el concepto enseguida.
Fue la única vez en todo el año que Agustín agarró su carpeta, la abrió y escribió. Fue la única que vez que todos entregaron la tarea o no tenían vergüenza de leerla en voz alta y compartirla. Hicieron noticias de letras de canciones -generalmente con contenidos marginales carcelarios, como caer preso por narcotráfico u homicidios- o de series, pero también hubo quien se animó a recrear su cómic preferido en formato periodístico.
Apelaron al humor y a la creatividad, se entretuvieron y la actividad les gustó.
Pero una gaviota no hace verano. Y no sé cuánto habrán aprendido ese año de lo que el diseño curricular* propone, que lleva más de quince años sin actualizarse-hicieron una reedición en 2021 para que nada cambie en lo sustantivo- y que tiene una mirada sumamente europea para realidades argentinas.
Una reflexión final para no balearse en un rincón
La educación excede el aula. No hay continente posible que soporte semejante presión exterior. Por más diques de contención que se quieran inventar: no hay procesos pedagógicos posibles si el proyecto de país no lo acompaña. Argentina es primero una nación fallida y luego se manca en la escuela. Vivimos las consecuencias de una serie de decisiones que nos preceden y nos exceden. Somos el último orejón del tarro de quienes organizan el sistema educativo, pero no pisan un salón hace décadas. El chiste se cuenta sólo: los congresales (o ministros de educación) que establecen cómo deben ser la educación, la salud y el transporte, mayoritariamente no usan ellos ni sus hijos esas mismas instituciones públicas.
Somos el empleado de atención al cliente que recibe los cachetazos. Diagnosticar no es victimizarse, es serse sincero.
Por cierto: no todos los cursos, los alumnos ni los colegios son iguales. Lo difícil es darse cuenta de ello, mientras uno es arrastrado por una ola inmensa de desazón que parece avasallarlo todo. Hay que aprender a surfear esas dificultades y saber que trabajamos educativamente para una minoría en el aula, que por ser pocos no dejan de ser valiosos.
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* Diseño curricular Introducción a la Comunicación (ICC) https://abc.gob.ar/secretarias/sites/default/files/2021-05/Introducci%C3%B3n%20a%20la%20Comunicaci%C3%B3n.pdf
El título de esta crónica es un extracto de la letra del tango Cambalache (1934), de Enrique Santos Discépolo
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