La siguiente historia árabe ha sido transmitida oralmente de generación en generación e invita a la reflexión sobre la justicia y la fidelidad.
En una remota aldea, famosa no por sus paisajes sino por sus mentiras, la verdad era tan escasa como el agua en el desierto. Allí, un hombre y una mujer decidieron casarse en secreto, aunque cumplieron con todos los requisitos religiosos: hubo un juez, dos testigos y un compromiso real. El matrimonio permaneció en el anonimato para el resto del pueblo.
Tiempo después: el casamiento se rompió. El hombre, con desdén, expulsó a la mujer de su casa y le negó todos sus derechos. Ella, sola y decidida, fue ante el juez para reclamar justicia.
—¿Hay testigos de ese matrimonio? —preguntó el juez.
—Sí, los hubo. —respondió ella.
Los llamó. Pero los hombres mintieron sin pestañear: negaron conocerla y negaron que existiera tal unión.
Fue entonces cuando el juez, en un gesto inesperado, le preguntó a la mujer si su esposo tenía perros.
—Sí, tiene.
—¿Aceptarías el testimonio de los perros?
—Sí, los acepto.
El juez ordenó que la mujer fuese llevada a la casa del marido. Si los perros ladraban, ella mentía. Pero si la reconocían y la recibían con alegría… sería prueba suficiente de que decía la verdad.
Los perros, al verla, no dudaron ni un segundo: corrieron a su encuentro, moviendo la cola y lamieron sus manos. No había engaño en ellos.
La verdad quedó al descubierto.
El juez entonces gritó:
«¡Azótenlos, porque han mentido!»
Y añadió:
«Malditos son los pueblos donde los perros son más sinceros que sus habitantes.»
